La felicidad clandestina

Los policías empiezan a pensárselo un poco más. Tampoco iban a ser sólo máquinas de repartir mamporros que luego cobraban un sueldo por ello a final de mes. Dentro de cada uniforme va una persona, queremos pensar algunos. Y ellos también viven en barrios donde están echando a la gente a la calle de sus casas embargadas; tienen familiares que pierden el trabajo y luego el subsidio y luego la dignidad y al final la esperanza; son personas, queremos creer, que se saben al servicio del poderoso de turno, que observan con discreción marcial sus privilegios y que se sienten divididos entre el cumplimiento de su deber y sus sentimientos de solidaridad con el pueblo al que deben perseguir a mamporros. No debe ser fácil su papel en esta crisis. Saben que son el úlitmo parapeto de estos poderosos de la ‘nomemklatura’ de este capitalismo del saqueo estilo los malos…

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